domingo, 11 de agosto de 2013

Etnología de Venezuela - San Juan Congo

Tanto en la tradición actual como en la recopilada por Sojo (1986), se cuenta que un navío negrero inglés, descargó una noche su contrabando de “piezas de ébano” en la pequeña población costera de La Sabana. Eran mil infelices, cargados de cadenas.
Un potentado señor de apellido Blanco, caló enseguida la estampa, la reciedumbre membruda de dos negros cuyo parecimiento fisionómico hacía suponer parentesco entre ellos. Uno era alto, de porte majestuoso y recogido en un silencio que contrastaba con la parlotería  en una lengua de sus compañeros de infortunio. El otro, más grueso y de menor edad en apariencia, hablaba bajo y miraba con ojos enrojecidos, llenos de amarga tristeza.
El señor Blanco, realizo su compra, los reunió a otros esclavos de menor precio y los entregó a su escolta, tomando el camino de la Villa de San José de Curiepe.
Meses después, cuando los esclavos machacaban un  poco el español, supo que eran hermanos, y lo que es más, príncipes africanos de un clan traicionado por una tribu enemiga que comerciaba con europeos saqueadores e incendiaros de las villas africanas. Bautizados en la religión católica, bien pronto revelaron no solamente su innata nobleza de sentimientos, sino también una gran pericia y conocimiento en el cultivo de cacao, cuya mejora de producción y aumento de las arboledas se hizo manifiesto. No obstante, el menor de los hermanos, no perdía aquella tristeza, ese estar como ausente de cuanto le rodeaba, aunque el amo se preocupaba que tuviese una alimentación sana, dándole asimismo alojamiento confortable y buen trato. Una mañana amaneció muerto, seccionada las carótidas con el filo del machete que aún empuñaba en medio de una gran mancha de sangre. Recibió cristiana sepultura en el cementerio común de la población. Al pie de su tumba quedó su hermano en vela toda la noche. Desde entonces, una inmensa melancolía rodeó su vida.
Vecinos a la casa del señor Blanco, vivían los Muñoz, pardos libres y también hacendados. Todas las tardes, venía una niña de dicha familia a conversar y jugar con el esclavo, al cual su amo dispensaba ahora de ir a las haciendas. Poco a poco le dejaba la administración de los trabajos, obligado como se veía a menudo a marchar a la capital de la provincia.
La pequeña pasaba ratos inefables escuchando los cuentos de animales del esclavo. Había cierta ternura filial hacia aquel hombre en cuyos ojos se adivinaba el infortunio. Entonces la pequeña pasaba suavemente su manecita sobre su calva, una y varias veces haciéndole reír. Aquel espectáculo terminó de ablandar el corazón del señor Blanco, quien le dio espontáneamente carta de libertad, regalándole una pequeña arboleda con tierras adyacentes y un solar vecino a su casa para que construyese su vivienda.
Fue notorio entonces el respeto, el comedimiento que negros esclavos y libres, zambos y mulatos, tenían por el recién liberado. Poco tiempo luego murió el señor Blanco, a quien debía su restitución al estado humano sociable y racional. Con ahorros de su trabajo, negoció aquellas posesiones, hijas de los desvelos de él y su hermano difunto. Ahora se llamaba a su vez, el “señor Blanco”.
Acostumbraban los hacendados del lugar, dar tres días de asueto a sus servidores el día de San Juan Bautista, que celebraban al son del tambor y bailando después de la Misa. Los africanos y sus descendientes, rendían culto a un Santo de los blancos, en que no se les permitía acceso a la iglesia, contentándose con oír misa des afuera para luego concurrir a la danza de los tambores, y allí trasegaban grandes cantidades de vino y aguardiente, con deseperación que les costaba en ocasiones la vida, bien por mano ajena o por las suyas propias, reacios a regresar el tercer día a la vida de la esclavitud.
El “Señor Blanco” –negro, libre, casado y rico-, contemplaba con silenciosa consternación las escenas. Una mañana montó en su mula y acompañado de su escolta, salió rumbo desconocido. Al cabo de varios días, regreso al pueblo. Faltando pocos meses para la celebración de San Juan en el año próximo, comenzaron a llegar a su casa, hombres de diversas partes de la región. En la noche, a puertas cerradas, celebraron una reunión, en que trascurrieron las conversaciones en dialecto; seguramente alguno del bantú, pues cuéntase que este señor Blanco, venía de la parte suroeste de África, o sea de la zona del Congo.
En esas celebraciones, los esclavos y libres, llegaron a un acuerdo: hacer fondo común cada año para comprar la liberad de dos o tres de sus semejantes. El señor Blanco se asignó una fuerte suma, suficiente para liberar a dos o tres del mejor precio. Y aun más, hizo encargar a un artesano de color una imagen costosa de San Juan, en cuyos materiales de modelación entró otro polvo. Por un valor de dos mil pesos, vino el nuevo santo, pequeñín, gracioso, sin embargo con una dulce tristeza en los ojos bajo sus rulos dorados. Tez de morenas amapolas y cabellos de oro. La pequeña imagen se llamó “el San Juan Congo”.
El señor Blanco se valió de influencia y dinero, hasta obtener licencias de la iglesia, enseguida la bendición, para los festejos en los días ya acostumbrados.
Entonces se canto Malembe, tonada que es invocación del día último a los dioses de África. Quiere decir su fonética: “Dios Poderoso”. Literalmente significa “tristeza”, “suavemente”, “pesar inevitable”. Pero esta invocación, llevaba en sí contornos trágicos y terribles. Representaba en realidad un culto de la liberación por la muerte. Muerte por su propia mano, antes que los esbirros esclavócratas se la dieran con el látigo asesino. En esta caso, tal expresión es empleada como invocación a los dioses originarios:”¡Dios Todo Poderoso, apiádate de tus siervos!”. Podían ahora beber y beber hasta hartarse, hasta perder la noción del ser. Disponían ahora del recurso de la muerte, como liberación definitiva. La tradición directa, fidedigna y exacta cuenta sombríamente cómo los esclavos se ahorcaban en los árboles, y cómo se entonaba el Malembe –responsorio ritual en la ceremonia del “encierro” del Santo-, después que en medio de un silencio impresionante, exclamaba una voz (algún sacerdote de sus cultos): “¡Ya voló vuelto paloma!”. Alba paloma escapada de una servidumbre nefasta. ¡Vuela, vuela hacia las regiones donde los hombres no tienen color ni hay odios raciales!
La imagen de San Juan Congo se venera todos los años. A su cuidado quedaron los sucesivos descendientes se aquel príncipe de África. Priva en la celebración de su festividad, la adoración de sus devotos, especie de sociedad religiosa, religiosamente sincrética.
También se conoce como San Juan Guaricongo y que parece descomponerse en fonema del Dahomey: Guari, gallina de guinea o piroca, entroncado a Congo, gentilicio propiamente bantú. Esta última definición está clara en la conocida copla:
San Juan Guaricongo
Cabeza pelá
¡Quitate la gorra
Pa´vete bailá!

Referencia
Piñerúa, F. (s/f). En Torno a San Juan Congo. Caracas: Investigación en curso.
Sojo, J. (1986). Estudio del Folklore Venezolano. Biblioteca de Autores y Temas Mirandinos, N° 34.

SAN JUAN CONGO
AUTOR: Félix Piñerúa Monasterio
DISEÑO Y MONTAJE ELECTRÓNICO: Trinemily Gavidia Arguinzones
FOTOGRAFÍA: Félix Piñerúa Monasterio

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